Tengo
la sensación de que la brisa golpea suavemente mi espalda. Como dándome
palmaditas fuerte pero despacio, es como si quisiera hablar y me susurra al oído un guiño esperanzador para darme
fuerzas de esas golpizas que proyecta mi espalda llena de tantas anécdotas
incontables, y que ha sido el escudo que ha permitido que no traspasen las
flechas desventuradas de la vida, pero
que muchas veces han circundando poco a poquito por todo mi cuerpo, como una catarsis
maligna. Siento la brisa sobre todo en mi cara, la escucho distorsionada, que
cabalga por mis ojos y me hace pestañar muy rápido, me besa los labios y
simultáneamente la mejilla, siento frío, confusión y se me eriza la piel por
el atontamiento que me produce aquella aura que se posa ardientemente ante en mí,
continúo tratando de describir tal cosa, pero no puedo.
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