La noche anterior desperté de una manera tan súbita que el corazón lo sentía como una bomba atómica a punto de estallar. Ese sueño en el que caía completamente enloquecida por un artefacto electrónico un poco extraño por no decir extraterrestre, era como una especie de licuadora fusionada con una cafetera, lo cual, tal cosa emitía un sonido peculiar, como si escuchase un burro rebuznar. A medida que veía el artefacto despertaba una gran angustia en mí. Seguidamente, introduje allí un pan, después de un proceso de mutación, salía de ese artefacto un delicioso café negro, sí negro, de ese color oscuro tan característico, que no es un color sino un negro sin color y sin luz. Luego, me serví el café y me lo tomé, bueno el pan que era café, o el café que era el pan. Al día siguiente desperté con el sabor del café-pan pero este era muy amargo como esos guarapos que dan en los velorios, con ese sabor lleno de: agonía, dolor, desespero y morbosidad. Retrocedí a la noche anterior, y divisé que había conciliado el sueño con hambre. Me dije: No volveré a dormir sin cenar.
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