A sus 12 años, un niño transita sin dirección, respira vigorosamente y divisa como a lo lejos ondea una bandera. Piensa que es bonita sin comprender por qué se castiga con atrocidades a su Venezuela. Se sienta en el árido suelo y le invade un vacío que carcome todo su cuerpo. Sus ojos empiezan a desorbitarse. Se autocuestiona ¿Habrá algo mañana? el dolor lo hace querer volver al vientre de su madre, el sonido lo obliga nuevamente a doblarse, a pedir ayuda. La furia de la bestia interna, ruge, implora, duele, el sonido de su estómago le abuchea “tengo hambre!”.
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